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lunes, 26 de octubre de 2009

¿Cómo ocultar mis sentimientos de madre?.





No tengo mucho contacto con personas del blog, a menos que sea a través de los comentarios que nos hacemos respectivamente.

Por lo que he leído, soy la mayor de las personas que me comentan, soy casi de la edad de una madre o una hermana mayor... no importa.

He establecido contacto con tres jóvenes. Tres jóvenes que me llamaron la atención por su forma de pensar y la madurez que tienen a pesar de la edad.
Tres jóvenes que tienen en común algo conmigo: la soledad.

Ya no me quejo de estar sola. Para que yo esté aquí escribiendo en la computadora, mi familia está trabajando para que no nos falte nada, así que ya no reclamo la soledad.

Esos jóvenes tienen la edad de mis hijos y su manera de ver la vida me sorprende y me asusta. Son jóvenes que tienen que cargar con problemas de hermanos mayores, con rechazos, con noviazgos frustrados, y saben qué hacer. Así, sin más, lo tienen muy claro.

Continuamente me hablan de sus proyectos, incluso usan palabras que me asustan por lo que representan. Palabras que nunca he dicho en voz alta, pero que al hablar con ellos, se va haciendo una forma de hablar cotidiana... en el blog. Igual no las escribo.
En la vida real no las uso, soy una madre antigua.

De forma que no les pueda molestar, les digo lo que me parece acerca de lo que me platican. Nunca les digo que hacer, ellos lo saben.

Al llegar anoche de un viaje, me conecté y hablé con dos de ellos, rápidamente ya que el uso de la computadora cada vez se me hace más difícil.

Leí el blog de uno de ellos y la historia que comenta, me sorprende por el tema que trata: el suicidio.
Aunque también le comenté sobre las palabras que usa, no son groserías ni nada... son palabras tal cual, con todo lo que representan.

El otro joven me angustió.

La muerte de sus mascotas lo tenía impactado por lo que dejaba ver en lo que escribía,  se los envenenaron. Se leía muy mal y tenía que afrontar además otras cuestiones de salud y yo me quedé preocupada.
Claro que son cuestiones del blog y no debo dejar que me afecte, pero aún así me quedo pensando que estará pasando con él.

Le comenté como es que podía hacer para aliviar un poco el problema de sus ojos, para que pudiera dormir tranquilo y no le ardieran.

Lo senti muy angustiado y para tranquilizarlo se me ocurrió decirle que me imaginara que estaba ahí junto a él, abrazándolo y que me quedaría hasta que se durmiera.

Fué lo único que se me ocurrió decir para que se quedara tranquilo, es muy joven y necesitaba un abrazo fuerte.

Nunca me quedo con mis hijos hasta que se duerman. Pienso que ya están grandes y han sido muy pocas veces las que los he visto angustiados, cuando los veo sufrir los consuelo un poco y me voy. Siempre he pensado que es mejor estar solo para poder llorar sin ningún impedimento.

Pero con él es diferente. Él no es mi hijo.

Las separaciones dolorosas que tuve a lo largo de mi vida, me han dejado muy susceptible a ellas.
El recuerdo de mis manos como garras afianzándose al sweater de mi madre.
La soledad inmensa que sentía al quedarme sola, tirada en el piso, sin nadie que me ayudara a levantarme.

Eso me hizo fuerte.

De esa experiencia me ha quedado un nudo muy grueso en la garganta que no se pasa con nada.

Ese mismo dolor es el que sentí anoche cuando hablé con mi joven amigo. El que alguien estuviera ahí para abrazarlo y consolarlo, es lo mismo que yo hubiera querido para mi cuando mi madre se iba.
Que alguien me abrazara y se quedara conmigo hasta quedar profundamente dormida, tranquila.

No puedo negarlo, los sentimientos de madre no se pueden ocultar, ni en la vida real ni en la virtual.

Lo sé desde que tuve a mis hijos y a mis sobrinos a los que quiero como si fueran hijos míos.

Quisiera ser un ángel.

Un ángel que pudiera ir de un lado a otro cada que alguien me necesitara. Ya sé que eso no puede ser, solo soy una madre.




Musa con cuernos

PARA LA MALQUERIDA

La Malque es un corazón de sol escondido y mil silencios largos. Es beso de agua y luz de ciegos en el desierto diario. La leo y me leo. La leo y la siento. La leo y la quiero. Vamos de la mano desconocidos y alejados por los caminos rotos y astillados de la vida cansada y del tiempo huraño. Refunfuñamos por todo y hasta en el infierno tienen miedo de que un día aciago lleguen nuestros pasos. Chocamos con mil horas arañamos las rutinas odiamos la compasión nos dan risa los ángeles y mucha pena los diablos. Nos cansa todo y más que nada el resto de los humanos. A veces herviríamos a los que nos rodean y otras daríamos la vida por hacer reír a un chavo. La Malque es un corazón de sol escondido y mil silencios largos. Toro Salvaje

Los inmortales