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sábado, 5 de septiembre de 2020

Derroteros

He aceptado que vayas a bailar sin que diga nada. En este tiempo he aprendido que los cuidadores de un enfermo deben tener su espacio para que no enfermen también. Ellos cargan con lo más pesado de la situación en la que en ocasiones no se ve más salida que ponerse a llorar con uno porque morir no se puede.

Tú, mi cuidador, el que la vida escogió, tienes que cargar con el mal carácter y la impaciencia arraigada en las venas.

Tú, mi cuidador al que visto de héroe porque para mí lo eres. Caminas conmigo en la noche para que estos pies desentuman la monotonía de las tardes.

Preparas mis alimentos, pones todo al alcance para que mi esfuerzo sea mínimo, pero también te cansas.

Y te vas a bailar y te odio por ello y pido a todos los diablos que carguen contigo, ser insensato, egoísta que tiene que desconectarse de mí y este cuerpo enfermo para no caer en la depresión y en el tedio oportunista insensible a todo y nada.

No pienso en con quién bailas. Mi mente descarta cualquier viso femenino cerca de ti para que los celos no carcoman el alma. Ni modo que bailes con hombres. Lo asimilo. Es un mal necesario. Tu estrés tiene que ser eliminado de alguna forma y si el bailar te lo quita, lo acepto. Eso lleva a que estés bien y por consiguiente, yo también.

Conoces mi odio por los viernes en que mucha gente aprovecha para salir, desenfadarse del trabajo. Yo me quedo en casa. Dicen que uno detesta los días porque no sabe qué hacer con su vida. La razón no tiene cabida en mis circunstancias. 

Perdona si al regresar me encuentras enojada, no encuentro otra manera de manifestar lo inservible que me siento ante tus ojos. Te pongo mala cara. No quiero que me dirijas la palabra. No dejo que me toques ni que me ayudes a nada, prefiero agarrarme de las paredes antes de pedir tu ayuda, pero es que siento feo quedarme aquí. La espera es eterna y tú no llegas.

No voy a decir más como tampoco te voy a dar a leer esto que escribí. Dices que las palabras se las lleva el viento. Las mías no, siempre llegan a ti.

La Flor se vistió de espinas para reírse del dolor que no es más un sentimiento de derrota.



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miércoles, 26 de agosto de 2020

Hay dioses que no usan sombrilla

I N J E R E N C I A
Sin displicencia

La verdad estoy sobrepasada. Llegué al límite de mi tolerancia. Me pone de nervios todo. Me enojo sin motivo aparente. Las mascotas despiertan al oír mi voz, ya no es agradable escuchar tanta alharaca. Hay tiempos en que la casa debe permanecer en silencio por el trabajo de Laura que desde que empezó este desmadre está viviendo aquí. Somos adultos mayores, grupo de riesgo. Hay veces que el silencio llega solo, hay otros en que parece que el dios del caos da la orden de ataque ¡A gritar todos! Es imposible la vida viviendo en tal maremagno. 
Si hablamos de los más perjudicados con esta epidemia han sido Barry y Laura, que han tenido que bailar con la más fea, quizá por eso quise publicar este texto. De alguna manera sabrán que me da vergüenza mi actitud. No voy a culpar a mis demonios de lo que hago, esos no existen más. Soy yo y nadie más que yo la causante de los malos momentos en casa.

A D V E R T E N C I A
Quejas en estampida

Hay muchos asuntos que deben resolverse, pero el confinamiento no nos lo permite. Todos estamos igual, no debía decir nada, pero esto me tiene hasta la madre.

He dejado de lado muchas cosas que hacía, el cuerpo me duele debido a la rigidez de los músculos. Todas las noches pasan mil aplanadoras sobre mi cuerpo. No puedo ir al hospital por la pandemia, ni al dentista ni con la podóloga. Y aí va de nuevo la quejadera. Urge salir de mi casa, olvidarme un poco de todo lo que siento me tiene atada. 

Por las noches me distraigo con la lectura. Hago test de cultura para tener la mente activa, aún así se me olvidan muchas cosas.

Estoy histérica. El sábado me puse a cocinar, estábamos todos en la cocina, unos hablando, otros cantando, Cuco ladrando, la Srita Gato estresada por su reciente cirugía no deja que nadie la toque. De pronto estoy gritando, poniendo a todos con los pelos parados. Que me encierren en la casa de los locos. Los nervios alterados. 

Discuto mucho con Barry. Si por mí fuera ya nos habríamos divorciado. Es espeluznante cómo puede ser que un día se ame tanto a una persona y al otro día no se quiere saber más de ella.

Barry está enfermo, pero no se quiere atender. Somos dos pinches viejos jodidamente enfermos.

C O N S E C U E N C I A
Sin coincidencia

Hay muchos distractores en mi entorno de los cuales aprovecho el poco tiempo que me deja el ON.
No he podido ir al hospital, luego entonces he alterado un tanto la dosis de levodopa, no la de los amansalocos, con esos ni me meto. Supongo necesito más dosis de pastillitas engañapendejos. 

Es demasiado, todavía no entiendo cómo es que estoy escribiendo este post porque sé que me leen miembros de Los Apellidos Ilustres y se preocuparán, pero es que lo juro, he sobrepasado el límite de mi cordura.

Hago cosas, reacciono furiosamente como antes, vuelvo a tener miedo de los cuchillos. Me alejo de lo que pueda dañarme. Estoy en una puta regresión a los malos tiempos. Encerrada en la recámara con la Srita Guantes espero que se me pase la rabieta.

Comprendo que si escribo voy a preocupar a mi familia, pero si no lo hago voy a estallar. Algo tengo que hacer aunque sea escribir mis tormentos encerrados en esta ansiedad que me quita el respiro.
Plasmo mis quebrantos como por allá en los tiempos en que comencé a escribir y no me daba pena decir lo que me pasaba sin temor a vergüenzas.

F I N A L
Con experiencia

Tengo una opresión en el pecho. La garganta no deja tragar la saliva. Mi corazón late y late como burro sin mecate. Es algo que no me deja en paz. Me envuelvo de nuevo en los silencios a tres días de otro aniversario más. Ni siquiera le voy a dar el post a mi correctora de texto para que no se entere de lo que escribí.
Igual tiene mucho trabajo, se dará cuenta cuando nos vayamos a dormir o antes cuando me vea frente al monitor metida en el mundo virtual al que de a poco voy dando los brochazos finales.


A D I E U 
Como cuando escribía bonito.














 



lunes, 24 de agosto de 2020

La fiesta de las alimañas

Las alimañas tienen la consigna de provocarme sobresaltos apareciendo de soslayo cuantas veces quieran en el día. Extremoduro canta de vida dura sin eternidades vanas. 
Los peces provocan un hito en el páramo de la abundancia. Servida la mesa,  no termina de mostrar los lugares de a quién corresponda el sitio más importante. Menuda tarea tiene a quién no le importan los invitados al banquete de frijoles con tortillas. 

El mundo discriminando viejos tendidos al sol. Epílogo circunstancial. Miradas inocuas degradadas en sollozos. Se supera a sí mismo adjudicándose lo que no le corresponde. El Dios de los ciegos hace reverencia al rey de los perdones. Un bicho de cola chata ocupa el centro del techo de la recámara. Ojalá no caiga encima mío. El algo divide su cuerpo en opciones para confundirme en las pesadillas.
Y luego llega un ser con un cúmulo de patas sin método aprendido para caminar sobre el edredón blanco de mi cama. Las sombras moviéndose por la cocina y yo tan sin embargo, modosita sin gritar para no ahuyentar el alter ego dominante de mis sueños fallidos. Escóndeme entre tus silencios.

Pernoctando bajo la almohada después de la demolición de objetos sin sentido sueño con la ternura de la mirada reciente. No es que tenga miedo, los temores no entran en mi mente, suicidas en abundancia acucian las ganas de perder la razón.

No quiero ver más bichos, ni tener sueños que me dejen exhausta, sin ganas de levantarme a la mañana siguiente. Con la luz las sombras difuminadas en ecos de colores colgadas de los ganchos despellejan las sombras bailando al son de un clavicordio viejo abandonado en el sueño malsano de la otra noche. Los grillos  huyeron al enterarse de la Gran Fumigación encabezada por Giorgio Trespatas. Aprendiz de escritor, oficial de mecánico y soñador por convicción.

A las que no les preocupaba tal evento era a las arañas de pelambrera en la espalda. Sí, esas que tienen unas enormes patas como tenazas de cangrejo y un gran pico en la punta de la horrorosa lanza ubicada al final de la boca. Son las que salen después de las lluvias de agosto cuando el pasto todavía no es terreno de nadie.

Termino por creer que todo eso sucede en la mente abyecta de quién escribe las letras al ritmo de dedos utópicos. Si los bichos existen tal cual los veo podría poner un negocio del que sacara suficiente dinero para retirarme a rascar la panza al amparo de la brisa de un mar tan azul igual al mediterráneo que no conozco.

Tendría un trío de palomillas de la ropa usando el polvo de sus alas espolvoreándolo en el confín de los sueños apagados para que siguieran igual. Total, a nadie importan los sueños desconocidos. Luego mandaba a hacer trajes de muchos colores para vestir las tijerillas salidas del desván de mis derrotas. La derrota más grande duele menos con brillitos de ocasión. 

A las cochinillas las mandaría descalzas con cascabeles en las patas a bailar una danza tribal de por los tiempos de cuando no se conocía el zapato de tacón. Ni hablar de los zapatos de charol de los que usaban los pachucos amañados con la palabra "bonita" al servicio del galán pa' envolver a las sirvientas de trenzas negras como la entrada al mundo desconocido del amor a gajos.

Temo que la vida está escrita en pequeños retablos sin secuencia. Organizados en el desorden monótono de quién masca la vida sentado a la vera del camino viendo pasar a los vencedores.

En ocasiones la luna retorna al amanecer en búsqueda afanosa del amante ladrón de estrellas esparcidas en el camino recto de los esposos ausentes. Tiempo ha que no se aparece a tocar por la ventana con piedrecillas de río seco. Los ríos secos son como los amantes de corazón incierto. Los ríos secos ya ni lloran ni con lluvia.

Terminando de sacar los últimos insectos salen las lombrices tocando guitarra acompañados por el sonido onomatopéyico del que desconozco, tocado por los animalejos de múltiples patas.

Baila que baila la babosa de cuerpo frondoso dejando la estela brillante, laberinto sin salida en la enredadera del patio trasero.

Asumo pues que el mundo está a poco de su extinción. Cantemos antes de que se extinga el deseo inocuo de seguir viviendo con la imaginación de los sueños dadores de vida, precursores de la muerte por un virus extraño salido de la mente de un ser humano deshumanizado.

Sea pues, bailemos  con las soledades a disgusto. Vertedero de historias, la imaginación no tiene cabida en quien va por el tiempo como quien no se da cuenta de su existencia. Acúsome de ser atraída por el ocio ecuménico de una cuarentena cuyo fin no se percibe en el horizonte.

Salú.






Musa con cuernos

PARA LA MALQUERIDA

La Malque es un corazón de sol escondido y mil silencios largos. Es beso de agua y luz de ciegos en el desierto diario. La leo y me leo. La leo y la siento. La leo y la quiero. Vamos de la mano desconocidos y alejados por los caminos rotos y astillados de la vida cansada y del tiempo huraño. Refunfuñamos por todo y hasta en el infierno tienen miedo de que un día aciago lleguen nuestros pasos. Chocamos con mil horas arañamos las rutinas odiamos la compasión nos dan risa los ángeles y mucha pena los diablos. Nos cansa todo y más que nada el resto de los humanos. A veces herviríamos a los que nos rodean y otras daríamos la vida por hacer reír a un chavo. La Malque es un corazón de sol escondido y mil silencios largos. Toro Salvaje

Nunca a un ser extraño le llamé mi familia