Empezaron desde muy temprano a marchar, ¡Un ,dos!, ¡Un, dos!, ¡Un, dos!, así desde la madrugada. Me despertaron con su golpeteo incesante de las botas contra el piso, ¡Un, dos!, ¡Un, dos!, ¡Un, dos!.
Me asomé a la ventana y solo veía caer los soldados en paracaídas, todos al mismo tiempo. Descendían con sus botas transparentes que se deshacían al golpear el suelo. Miles de soldados prestos para no dar tregua.
Miles... millones de soldados en forma de gotas de lluvia que bajaban golpeando el piso.
Desde entonces me tienen de rehén, atada de manos, enclaustrada en mi casa, sin poder hacer nada. Nadie puede ayudarme.
Llevo dos días así... llevamos.
La lluvia no ha cesado.
En la noche, seguían cayendo y oyéndose el ¡ Un, dos!, ¡Un, dos!, ¡Un, dos! comandados por un sargento que no logro ver ¡Un, dos!, ¡Un, dos!, ¡Un, dos!.
El ruido monótono que producián me tomó entre sus brazos y me arrulló hasta casi quedarme dormida.
De pronto empezaron a bajar más y más... muchos soldados, golpeando el tragaluz de las escaleras. A lo lejos se oía la voz fuerte del sargento que como rayo anunciaba que la toma de la ciudad tenía que ser rápida, precisa.
¡Un, dos!, ¡Un, dos!, ¡Un, dos!.
Los soldados vienen acompañados de una mujer blanca... fría que los sigue a todos lados y que con su manto blanco hace difícil ver que hay más allá de nuestra nariz. He tenido que cubrirme con una chamarra, yo que nunca traigo puesto siquiera un suéter.
Es aterrador el frío, aunque me guste. Las yemas de los dedos recorren mi cara que se está congelando. Las manos están entumidas, los pies helados no dejan que me mueva. Tengo todo el cuerpo frío. Aggg! creo que morí y no me he dado cuenta.
Necesito unas manos expertas que me hagan entrar en calor.
Trató de dormir, pero es inútil, el frío me tiene paralizada.
Abro los ojos y la oscuridad se ha adueñado de mi recámara. El MP3 es el que me hace compañía en esos momentos difíciles en los que el sueño no llega.
La luz parpadeante del aparato ilumina el perchero con mis chamarras y los sombreros de Enrique Bunbury, haciendo que se vieran como dos guardianes al lado de mi cama. Me están cuidando de mi misma. Me están cuidando de que no caiga en las manos del terror que me asusta en las noches de pesadilla atroz.
La lámpara del techo parece una luna triste... gris, con las lágrimas a punto de salir.
La música y el golpeteo de la lluvia en el techo hicieron que después de muchos intentos quedara rendida por fin. Eran cerca de las 12.30 de la noche.
El sueño con sus manos tiernas me ha tomado entre sus brazos hacíendome dormir. Me canta una canción de cuna y me besa los ojos para cerrarlos con cantos de amor, de serenidad.
Son ya las 4.28 de la madrugada y las gotas de lluvia caen ahora más fuertes y me han despertado del sueño descansado que tenía.
Miro el techo y oigo de nuevo el ¡Un, dos, ¡Un, dos!, ¡Un, dos!. Los soldados siguen bajando del cielo gris que no ha cambiado de color, los soldados... las gotas de lluvia... no paran en su embestida contra los pobres humanos que estamos encerrados en nuestras casas esperando que en algún momento, el sol... el sol que no me gusta, se asome ¡por fin! a quitarnos un poco el frío.
Que llegue el sol y le quite el frío al Honguito que se está congelando. Parece paleta de hielo en espera de que alguien llegue a chuparla... a la paleta, de eso estamos hablando.
Será un sábado triste, a menos que encuentre unas manos prestas, deseosas de quitarme este frío del demonio.
MMMMMMMMMMmmmmmmmm ya sé!!!