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sábado, 4 de junio de 2011

Idos de la mente








No lavé el pelo con shampoo que lo deja oliendo a mañana fresca, no lo enjuagué con acondicionador para que cuando el viento meta sus dedos exhale un aroma libre... aroma a mis sueños volando en estampida.

Lavé el cuerpo con jabón neutro que no huele a nada pero que deja limpio de impurezas cada parte de mi piel. No desodorante, no perfume, no cremas, no maquillaje... nada más que jabón neutro, ni siquiera el perfume que me caracteriza, el que dice mi nombre, el dejo de mi recuerdo no podía ser rociado en mi.

Llegar al hospital me estremeció, ver los árboles llenos de pájaros escandalosos, las escaleras que nos llevaban a la cámara de tortura, pero que al ir de la mano de Barry y Kiku daban una poca de paz a mi tembloroso cuerpo.

Todo sucedió casi en un suspiro, desnudarme para vestirme con una bata fea, picar el brazo lastimado de tanto buscar el rojo líquido, tomar la pastilla para dar una poca de estabilidad... de serenidad en un gramo de sensatez... la soledad ante mi... el terror a lo desconocido.

Dejé los miedos doblados en el locker del hospital -luego viene por ellos me dijeron- sonreí. Las enfermeras esperaban que dejara de temblar viéndome con sus caras de santas arrepentidas, al lado de ellas un niño que revoloteba queriendo meter la nariz en todo, mis ojos buscando algo familiar del que agarrarme pero no había nada estaba sola en un mundo frío de idos de la mente.

Acostada en una especie de camilla, el médico puso a los lados de la cabeza una almohadilla para mantenerla inmóvil, me pusieron un casco con una rejilla parecido a los de fútbol americano, las manos a los costados no debía moverlas para nada cosa difícil, por último cerraron el tubo donde estaba a merced de lo desconocido -no se mueva ordenaron- cierre los ojos y descanse... dejé de moverme, menos el dedo índice de la mano izquierda no se doblegó y siguió apuntando a la salida, al regazo de mi familia que preocupada esperaba por mi.

El ataúd blanco que aprisionó mis sueños... mis miedos... mis risas, se cerró dejando que el frío se apoderara de mi cuerpo asustado haciendo saltar las ilusiones, dejándolas escapar entre los dedos, yéndose a posar a los pies que no dejaban de moverse haciendo que el médico me fuera a tranquilizar.

-Eres más fuerte que todo- recordé el instante que Barry me dijo eso, mis ojos dejaron escapar una lágrima que resbaló por la mejilla y se escondió en el cuello.

Vinieron a la mente las risas del Ángel de la Guarda pero fueron apagadas poco a poco por el ruido de la máquina en la que estaba metida, -Nadie debe mover tu paz interior- me dice constantemente mi Ángel pero nunca he podido hacerlo, quizás sea que no soy ángel, cualquier cosa desestabiliza mi interior... mi paz.

Un martilleo constante se escuchaba detrás de la nuca, aire frío se colaba por todos lados, la luz blanca del tubo -la cual no debí ver porque debía mantener los ojos cerrados- y el ruido de mi corazón queriendo salir de ahí... entonces sucedió...

Vi pasar la vida ante mis ojos, los rostros de Barry, Muny y Kiku, las caritas de mis mascotas, la sonrisa bonachona del Ángel de la Guarda, el rostro sereno de mi Profe, recordé los besos que se quedaron en los labios, las caricias guardadas en la yema de los dedos, los amores que se fueron, el cariño que no volverá...tus labios delgados, tu mano apretando la mía, el viaje que no será, el amor que no se dio... todo pasó ante mis ojos y yo...yo me quedé suspendida en el tiempo...  borrando mis memorias.















Musa con cuernos

PARA LA MALQUERIDA

La Malque es un corazón de sol escondido y mil silencios largos. Es beso de agua y luz de ciegos en el desierto diario. La leo y me leo. La leo y la siento. La leo y la quiero. Vamos de la mano desconocidos y alejados por los caminos rotos y astillados de la vida cansada y del tiempo huraño. Refunfuñamos por todo y hasta en el infierno tienen miedo de que un día aciago lleguen nuestros pasos. Chocamos con mil horas arañamos las rutinas odiamos la compasión nos dan risa los ángeles y mucha pena los diablos. Nos cansa todo y más que nada el resto de los humanos. A veces herviríamos a los que nos rodean y otras daríamos la vida por hacer reír a un chavo. La Malque es un corazón de sol escondido y mil silencios largos. Toro Salvaje

Los inmortales