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jueves, 3 de diciembre de 2009

No creo en Santa.





El frío matutino daba de lleno en su cara, cortando como dagas afiladas su delicada piel.
Las mejillas sonrosadas y los labios morados, daban cuenta del terrible frío que se sentía a esa hora de la mañana. Las manitas moradas y los dedos engarrotados por la brizna que caía en el monte, cercano a su casa, estaban atenazadas, agarrando fuertemente su alma.. Las pequeñas gotas de rocío se quedaban entre sus largas y tupidas pestañas, ocasionando que sus hermanos se rieran porque parecían copos de nieve en su carita, daba ternura verla. Tan chiquita, tan desválida,con sus ojitos muy abiertos, tratando de comerse toda la belleza que aparecía ante sus ojos. pero con una fortaleza interior que hoy asusta al ver como esa misma fortaleza la ha llevado a caminos insospechados.

Un día salieron al monte, su padre hermanos y ella... Flor.

Era una mañana decembrina. La niebla no les dejaba ver más alla de su nariz, y se escondían entre ella para asustar un poco a su padre. Se separaban y con gritos, como en la oscuridad, a tientas se encontraban. Con risas y risas de felicidad, aunque con un grito, su padre los volvía a juntar, como borreguitos siguiendo a su pastor.

Mi padre nos había levantado temprano para ir a escoger el árbol de navidad. Nos tapábamos muy bien para no enfermarnos. Aunque nuestros pequeños cuerpos acostumbrados a las bajas temperaturas,
no resintían el frío, siempre había que cuidarse para no faltar a la escuela que era el oasis de nuestras travesuras.

Llegábamos al monte y empezábamos a correr para encontrar el mejor árbol, el que nos gustara a todos. Cuando ya estábamos de acuerdo en cual queríamos, mi padre con su gran serrucho y ayudado por los gemelos, lo cortaban y lo subían al carrito de baleros que teníamos para acarrear la leña que se necesitaba en  casa.

Adornarlo era casi una proeza, mis padres no tenian dinero para gastos superfluos, así que había que arreglárnosla con lo que sobraba de años anteriores.
Buscábamos esferas, papel de tiras de colores, pelo de ángel y una serie de foquitos que con mucho esfuerzo mi padre compraba para que el árbol se viera alegre.

Todos participábamos en adornarlo, hasta que quedábamos satisfechos. Mi padre conectaba los focos y en ese momento la casa se llenaba de paz, como si de pronto conectara la alegría a la casa. Era época de tranquilidad, había que quedarnos quietos y no pelearnos. Misión imposible para una casa llena de niños traviesos.
Casi siempre era una tregua pactada... sin hablar. Sabíamos que siempre debíamos portarnos bien, pero más en esa época, cuando pensábamos que todo era felicidad en el mundo feliz en el que vivíamos mis hermanos y yo.

Hubo un 24 de diciembre muy especial.
Fuímos a cenar a casa de la abuela Candelaria. Con ella vivía mi tío el menor y mi otra tía con su hija pequeña. Vivían bien, todo lo contrario a nosotros, que éramos muchos hermanos y encima pobres.
Pedíamos de todo para comer, aunque mi madre nos regañaba porque decía que mis tíos iban a decir que estábamos muertos de hambre. No era eso, era que había mucha comida y queríamos acabar con toda. En casa nunca sobraba y si bien es cierto que no padecimos hambre, si nos quedamos muchas veces con ganas de más.

Comimos de todo hasta hartarnos. Para volver a comer igual, había que esperar otro año, así que era mejor acabar con todo ahora, que el año entrante ya veríamos.

Cerca de la medianoche, mandaron a dormir a la hija de mi tía porque iba a llegar Santa Claus y no le traerían nada si no se dormía. A nosotros no nos mandaron a dormir.
Al saber que iba a llegar Santa Claus y ver que estábamos en casa rica, la niña más pequeña de los hermanos, se fué a dormir también, podría ser que llegara Santa en esa casa y le dejara lo que siempre soñó... una muñeca que caminaba agarrada de la mano de su pequeña dueña.

Se durmió junto a su prima, con la esperanza puesta en una cartita escrita en su memoria. ¨Querido Santa Claus, solo te pido por favor que me traigas una muñeca que camine sola... por favor¨.

Al otro día, la prima se despertó y al ver la cantidad de juguetes que le había traído Santa, no daba crédito.
La niñita también se despertó, pero en el árbol no había nada para ella. No podía creerlo, ¿por qué si había dormido en casa rica?, ¿por qué si ahí había estado Santa?, ¿por qué si le había traído juguetes a su primita, por qué a ella no?... fueron preguntas que se hizo toda su vida y que hasta hace poco entendió.

Esa niñita ahora, arregla su árbol navideño como más le plazca. Le compran lo que pida para adornarlo, siempre es diferente cada año, con muchas... muchas luces para encender la navidad y la alegría en su casa.
No importa que Santa no llegue.
De cualquier forma nunca creyó en él.
De cualquier forma, Santa no le puede traer lo que ella quiere...






Musa con cuernos

PARA LA MALQUERIDA

La Malque es un corazón de sol escondido y mil silencios largos. Es beso de agua y luz de ciegos en el desierto diario. La leo y me leo. La leo y la siento. La leo y la quiero. Vamos de la mano desconocidos y alejados por los caminos rotos y astillados de la vida cansada y del tiempo huraño. Refunfuñamos por todo y hasta en el infierno tienen miedo de que un día aciago lleguen nuestros pasos. Chocamos con mil horas arañamos las rutinas odiamos la compasión nos dan risa los ángeles y mucha pena los diablos. Nos cansa todo y más que nada el resto de los humanos. A veces herviríamos a los que nos rodean y otras daríamos la vida por hacer reír a un chavo. La Malque es un corazón de sol escondido y mil silencios largos. Toro Salvaje

Los inmortales