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lunes, 28 de octubre de 2013

1:07:18 o algo así

Por mi mente nunca pasó no terminar la carrera. Mi vida ha sido de empezar cosas y no acabarlas.
Tan cierta estaba de llegar a la meta que la idea nunca cruzó por mi mente.

Empecé trotando bajo la sorprendida mirada de Laura que creía que íbamos a caminar no a correr. Con ella a mi paso empezamos la aventura.

La primera mitad mantuvimos un paso firme y uniforme. Ver a las demás corredoras me motivaba a no parar. 
El pie izquierdo tiene una insistente manía en no recibir mis órdenes y querer caminar a su libre albedrío. Entonces debo concentrarme en mantenerlo alineado y conservar el ritmo de mi carrera. Cosa nada fácil cuando sé que mucha gente viene detrás mio y podría ver mi dificultad para correr.

A la segunda mitad bajamos el ritmo. 

Encontramos en el camino a Emilia quien desde ese instante ya no se nos separó. Las tres unidas corriendo por sus propias razones.

Pasamos por el Auditorio Nacional, La Estela de Luz y no sé cuanto más porque hubo momentos que íbamos sacando la lengua de cansancio incluso llegar al kilómetro tres nos pareció que había transcurrido una vida.

Llegar a la meta bajo el aplauso de la gente fue muy emocionante. Era la primera vez en toda mi existencia que terminaba algo.
La vez pasada acabar la ¨carrera¨ de parkinsonianos fue más difícil porque éramos pocos y no en igualdad de circunstancias. Esta vez tampoco lo era pero al menos pude correr (sin comillas).

Después de entrar con los brazos en alto a la meta cual película hollywoodense, Laura, Emilia y yo nos abrazamos (creo) y pasamos a recuperarnos y recoger las medallas.

Fuimos a saludar a una amiga de Laura, quien hizo una escultura -valga la redundancia- con el nombre de mi hija quien es una clara prueba de lucha contra una enfermedad latente en su cuerpo.

Admiro a Laura y a Emilia.

Para estar enferma de parkinson y ser  el primer maratón que corro, no estuvo mal. Por primera vez en la vida estoy orgullosa de mi y de terminar algo que empecé.

Y ya, es todo.

Chido, ¿No?








Musa con cuernos

PARA LA MALQUERIDA

La Malque es un corazón de sol escondido y mil silencios largos. Es beso de agua y luz de ciegos en el desierto diario. La leo y me leo. La leo y la siento. La leo y la quiero. Vamos de la mano desconocidos y alejados por los caminos rotos y astillados de la vida cansada y del tiempo huraño. Refunfuñamos por todo y hasta en el infierno tienen miedo de que un día aciago lleguen nuestros pasos. Chocamos con mil horas arañamos las rutinas odiamos la compasión nos dan risa los ángeles y mucha pena los diablos. Nos cansa todo y más que nada el resto de los humanos. A veces herviríamos a los que nos rodean y otras daríamos la vida por hacer reír a un chavo. La Malque es un corazón de sol escondido y mil silencios largos. Toro Salvaje

Los inmortales