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miércoles, 10 de septiembre de 2014

El canto de Cristóbal





Lo oí un domingo por primera vez. Su canto rompió el silencio adormilado del fin de semana. -Se llama Cristóbal- dije entre mis adentros. La forma de cantar la i me dice que se llama Cristóbal. Después de un consenso entre yo y mi otro yo, lo bauticé con ese nombre.

-Kikiriki- cantaba a las seis.
-Kikiriki- cantaba cinco minutos después batiendo las alas.
-Kikiriki- cantaba sin disimulo otros cinco minutos más adelante.

Perdido entre claxones estridentes, risas de niños juguetones, gritos de vendedores cotidianos  y música de banda a todo volumen tocada hasta el cansancio, el canto del gallo se abría paso para hacerse escuchar en un ambiente que no era el suyo. Su kikiriki fue un grito perdido entre los miles acostumbrados a existir.

Y ai va Cristobal duro y dale todo la mañana cantando cual barítono exitoso en época de conciertos. A cada rato su canto rompía el domingo soleado de esa semana. Si el gallo fuera mío por el sólo hecho de serlo pasaría a formar parte de los amigos que no se comen como en su tiempo lo fue Claudio, el gallo blanco que formó parte de una adolescencia que iba abandonado en pos de una vida mejor.

Cristóbal instalaba al final de la madrugada en la cerca de la casa de Doña Diabólica sus sueños desmañanados de ser el gallo más famoso y guapo del mundo.
En la parte más alta ensayaba sus do de pecho. Inflaba los pulmones y dejaba salir el aire con sus do re mi fa sol ininterrumpidos, después esperaba que las gallinas saliesen para deleitarlas con su melódica voz como pasaba en el corral del que provenía pero en este lugar las gallinas tardaban mucho en llegar y sus alas musculosas y fuertes quedaban vacías. Las gallinas para quien fueron hechos nomás no llegaban.
Abrazando al viento, Cristóbal enmudecía de a poquito.

Al caer la tarde y sin más nadie que le aplaudiera más que uno que otro colibrí perdido en el camino, Cristóbal recogía sus artilugios de ensoñación y se marchaba con su canto a pararse en el palo alto de la escalera oteando el horizonte esperando a las mentadas gallinas echarse a sus alas y tener la suerte de ser amadas por él, pero las gallinas nunca llegaron. En una ciudad caótica tales seres son casi inexistentes y si hubo alguna por ahí que lo escuchase no hizo caso porque hace mucho que no oyen un kikiriki y su corta memoria ha perdido rastro de ello. 

Pasada una semana y llevando metódicamente la rutina aprendida cada día a fuerza de hacer lo mismo porque en las ciudades no hay mucho que hacer, Cristóbal dejó de cantar. No se oyó más romper el silencio el kikiriki ruidoso. Nadie mas volvió a saber de él ni yo que ya me había acostumbrado a que cada mañana allá a lo lejos perdida en mi memoria, apartando sonidos, una niña mezclaba las campanadas de la iglesia, el piar de los pájaros, el olor a tierra mojada y el canto del gallo para rememorar aquellos tiempos en que muy de mañanita, mi padre nos levantaba para ir a misa los domingos y nosotros agarraditos de la mano no soñábamos en ser felices porque lo éramos con tan poco.


















Musa con cuernos

PARA LA MALQUERIDA

La Malque es un corazón de sol escondido y mil silencios largos. Es beso de agua y luz de ciegos en el desierto diario. La leo y me leo. La leo y la siento. La leo y la quiero. Vamos de la mano desconocidos y alejados por los caminos rotos y astillados de la vida cansada y del tiempo huraño. Refunfuñamos por todo y hasta en el infierno tienen miedo de que un día aciago lleguen nuestros pasos. Chocamos con mil horas arañamos las rutinas odiamos la compasión nos dan risa los ángeles y mucha pena los diablos. Nos cansa todo y más que nada el resto de los humanos. A veces herviríamos a los que nos rodean y otras daríamos la vida por hacer reír a un chavo. La Malque es un corazón de sol escondido y mil silencios largos. Toro Salvaje

Los inmortales