Todo comenzó a las 0.00 de la noche. Lo supe cuando Benito Tiki le tiró mordidas a alguien imaginario. Se abalanzó para morder a ¨alguien¨.
Miré el reloj, eran las 0.00. Es la primera vez que recuerdo haber visto esa hora tan extraña.
El final y el comienzo de un día.
Dormí sin querer darle importancia al hecho.
A la 1.03 de la mañana mis ojos se abrieron. El teléfono de Kiku parpadeaba haciendo que viera figuras fantasmales. Oía a lo lejos ladridos de perros asustados. Lo supe por el tono, aunque suene a risa, sé cuando tienen miedo por el sonido de su ¨voz¨.
Volví a dormir.
De pronto comencé a tener una pesadilla. Empecé a gemir. Barry y Kiku me despertaron tranquilizándome. Estaba muy asustada, pero no lloraba. Fue un sueño raro que no me puedo explicar pero que me hizo sudar de miedo.
Eran las 2.30 de la madrugada.
El aire nocturno se metía por las láminas del tragaluz, ululando sin sentido. Eso no me asusta, lo que me asusta es el crujir inexplicable de las escaleras.
Desde hace unos días, a cualquier hora del día, se oye como si alguien bajara o subiera por ellas.
No encuentro explicación. Incluso al escuchar el crujir de los escalones, subo despacio y claramente se pueden oír mis pisadas y ¨las otras¨.
Siguiendo con el relato, mi mirada se queda petrificada en la ventana de la recámara. Veo sombras. Ahora si estoy muy asustada.
Alguna vez -en son de broma- la abuela dijo que cuando se muriera, se iba a asomar a mi ventana, quedándose ahí para ver como trato a Barry -su hijo- y me asustaría si lo trataba mal. Lo dijo en son de broma pero se me quedó muy grabado.
La vez pasada que se puso enferma le recordé lo que dijo y se río. Dijo que era para asustarme, pero que de todos modos me portara bien.
Firmamos la paz, dando por entendido que fue algo dicho por decir nomás.
Desde entonces cada vez que la abuela se enferma, me asusta el hecho de que vaya a morir y se aparezca en la ventana.
No puedo apartar la mirada, las lágrimas empiezan a salir sin poderlo evitar.
Son las 3.09 de la madrugada, hora en la que Benito Tiki le tira la segunda mordida a alguien imaginario.
-¿Qué te pasa Tiki, a quién muerdes? si no hay nadie.
Esa frase dicha por Barry me pone los pelos de punta. Los ancestros -yo también lo pienso- decían que los perros pueden ver fantasmas, ánimas en pena, a Lucy y demás, y los asustan con sus ladridos.
Dejo que Babo Alejandro duerma con mi hijo. Yo no corro a Benito Tiki de mi cama. Tengo mucho miedo. Para esa hora el corazón está a punto de salir corriendo.
Los ojos siguen fijos en la ventana.
Son las 4.00 de la mañana. El silbato del velador se oye lejos.
Me siento desprotegida, no tengo Ángel de la Guarda. Me acuerdo que hace mucho tiempo le pedía al dios de mis padres que me protegiera. Vuelvo a decirle que no me abandone. Tengo miedo., por milésima ocasión.
Alguien en el hospital -donde está la abuela- dijo que la cama no debe estar acomodada de tal modo que los pies dieran a la puerta porque eso significa muerte. Me acuerdo de eso. Mi cama da con los pies a la puerta. Nunca ha pasado nada pero hoy especialmente me he acordado de ello y aumenta mis temores.
Son las 4.30 de la mañana, la casa comienza a despertar. Los temores van desapareciendo. El ardor en mis ojos me hace reaccionar. No he apartado los ojos de la ventana, no supe en qué momento empecé a llorar.
Deseo que todo termine. Los nervios están a punto de reventar. No quiero que la abuela muera pero en mi inconsciencia y temor pido que todo acabe. ¡No puedo más!
Son las 6.06 de la mañana. Los pájaros han despertado, los ruidos han cesado. Hasta el muchacho enamorado de la luna -al que le dediqué un post alguna vez- dejó de cantar.
¿Quién sino él puede cantar a viva voz a las 3 de la mañana?
No puedo evitar mirar el reloj, sólo así me doy cuenta lo que dura el miedo.
Esto parece la bitácora del terror, hasta me acordé de dios.
El teléfono de Kiku dejó de parpadear, ya no hay sombras. He despertado pero no quiero quedarme sola, juro que estoy asustada.
Necesito vacaciones de emociones, pero no sé a dónde ir para desaparecer de mi y mis temores.
Quisiera aventarlos en una bolsa al fondo del mar, pero qué culpa tiene el mar y los peces de que yo sea miedosa.