Para desahogarme necesito estar triste -no vale, es mi estado natural- o estar enojada para aguantar que la computadora voluble se apague cada que se le calienta el cerebro.
¨Cuídate para que no te cuiden¨, decía una página a la que me invitaron. No hagan caso niños o so, Hagan lo que quieran mesmamente como yo.
La cosa es que sobreviví una noche sola. No me feliciten, no es cosa de aplausos. Los bichos me asustan mucho la mera verdad. Me ahuyentaron de muchos lados de mi casa. Mi cuarto es el refugio seguro onde ellos no entran.
Les he dicho miles de veces que ya no quiero estar aquí pero nadie me escucha. La paranoia y los olvidos rondan por aquí. Háganme caso. Sé lo que les digo.
¿Qué? ¿Creen que estoy loca? Nómbre mijitos ni loca ni nada. Doy fe de ello y si no me creen pregúntenle a mi neurólogo o a la señorita médica.
Hace rato que amaneció. No quería vivir este día pero los chihuahuas, Calixto y los pájaros no saben de nada más que de comer y dormir. Igualito que yo.
A veces pienso que necesito de alguien para vivir pero cuando amanece el día y poco a poco voy haciéndome dueña de mi cuerpo, sé que estoy lista para seguir otro puto día más.
Me siento como los niños que están aprendiendo a caminar. Les da miedo dar un paso aferrándose a lo que encuentren en el camino. Casi siempre la mano de mamá o papá o de un clavo ardiente para no caer.
Pues eso, estoy aprendiendo a caminar de nuevo. En realidad lo hago todas las mañanas cuando mis pies olvidaron cómo es dar un paso. Hay que volver a empezar.
No se preocupen por mi si algo me pasa serán los segundos en saberlo, Después de todo son mi familia de caras desconocidas.
Bueno abur.
