Toca hoy echarle la culpa a los gatos de mi insomnio. Calixto anda en la azotea defendiendo de un minino de pelaje negro y de exquisitos ojos amarillos, el territorio que ha ganado a fuerza de arañazos y peleas al límite. Puede ser también que ande de farra con el gato del vecino. Sí, el bicho blanco con manchas verduzcas cuyo amo se queja de que mi Calixto entra a su casa a robarle la comida. Lo que el viejito no sabe es que mi gato entra con la venia del suyo. Vaya con él.
Imposible volver a conciliar el sueño. Las cápsulas verdes han sido reducidas a nada, El insomnio ha vuelto a vencer. Dios de las almohadas hazte dueño de mis párpados y déjalos caer sin miramiento.
Traslado la memoria de mis días -ante la cercanía de una fecha inolvidable por más que intente no recordarla- a una mañana en el hospital.
Había pedido ese día a Barry que me acompañara. El neurólogo cada vez que iba a revisión, me preguntaba si iba sola. Comenté eso con él y decidió acompañarme.
Puedo verlo claro, como si lo estuviera viviendo. De hecho cada año se repite la misma escena. El neurólogo detrás de su escritorio, vestido de camisa blanca y corbata café me veía por encima de sus anteojos colocados a media nariz.
Hizo algunas preguntas a Barry, luego a mi yo ausente, mientras escribía algo en el gordo historial médico.
Todo lo mío es gordo, ego incluido.
Salieron de su boca infinidad de síntomas que como profecías se han ido cumpliendo al paso de los años. La última es mi voz ronca y queda. Mis gritos ya no asustan a nadie. ¡Grita! dice Barry sin darse cuenta que él en su desesperación lo está haciendo por mi.
Si hablamos de exactitud seis años han pasado desde entonces. Recuerdo que lo menos cruel que dijo el médico fue que tengo parkinson de ahí a decir como iba a quedar al paso del tiempo fue cerrar los oídos y no querer saber más.
Dice la señorita médica que las enfermedades que me han atacado desde pequeña eran gritos pidiendo ayuda a un hecho que estaba sucediendo en ese entonces. Nadie supo descifrar esas señales. Enfermarme se convirtió en parte de mi vida. Nunca nadie supo escuchar. En descargo al hecho sutil de llamar la atención -según los que saben- diré que nunca he provocado nada. No soy hipocondríaca. El cuerpo corrobora mi dicho. La verdad es clara como el agua del grifo, tengo un alma frágil debajo de este cuerpo que nadie cree enfermo al verme tan normal como cualquiera. Todo es cosa de empezar a caminar, hablar, a todo.
Dicen algunos que el parkinson es una enfermedad mental provocada por uno mismo. Se debe al no querer soltar querencias ni recuerdos añejos. Es una forma de defensa (todavía no encuentro contra qué). A decir verdad eso me parece una reverenda estupidez -con perdón de a quien corresponda -¿quién querría por si mismo enfermarse?- yo no. Aún no llego a ese grado de degradación. Redundancia pura..
Pájaros en desbandada vuelen lejos y sean felices.
No tengo problema en soltar amarras, querencias de mi propia carne. Mis hijos se han ido del nido y nunca les he llorado. Me alejé de Los Apellidos Ilustres sin ningún remordimiento. Había llegado el momento de irse y lo hice. No hubo problema con eso. Cierto que tengo un problema en comprender que los amigos tengan que marcharse, incluso les ruego no lo hagan pero viendo que no hay remedio lo acepto. Supongo que lo mismo pero no igual sucederá el día que deba irme de La Bella. Lo aceptaré como acepté el hecho de alejarme de dios porque siento que se ensañó conmigo, sin olvidar claro que hay más infelices y desamparados que yo clamando su nombre en pos de una ayuda que nunca llega pero bueno, estoy hablando como es costumbre de mi.
Sigo pensando que dios no existe aunque lo nombre mil veces, la culpa la tiene mi educación católica que envía sin querer su nombre a mis labios blasfemos.
Como quiera que sea mañana debiera no existir para mi y para quienes les importo. Es tonto pensar eso porque igual si no existiera hubiese sido otro el día negro en mi vida.
Apelo a mi deseo de no vivir mañana porque se me da la gana.
Dicen que uno no puede reducirse a ser una enfermedad, a anularse y tener en mente sólo eso. Tengo claro que soy más que el parkinson. Tengo claro que batallo cada día para olvidarme que se ha adueñado poco a poco de mi pero también tengo claro que por mucho que lo quiera no voy a olvidar el nueve de marzo del 2009. Año en el que todo empezó -blog incluído- en este lugar que antes era un sitio más o menos aceptable para convertirse en un muro de lamentos. Me regodeo en mis propias miserias y en el palpitar de un nuevo e incierto día.
Las cosas como son.
Hola, soy Flor de María y tengo parkinson. (Para los que no lo saben, para los que si, es un poco más de lo mismo cada año)
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Ustedes habrán de perdonar las ausencias inequívocas de mi.
He corregido tantas veces mi texto que dudo que lo que escribí era lo que quería decir. No importa nada. ¿A quién le importa nada si ni a mi misma importa lo que a esta altura pienso?
Me voy a dormir que es domingo y no se desvela uno nomás porque los gatos tienen fiesta en la azotea ni porque exista el mañana aún en contra de uno mismo..
Abur