Son las cuatro de la mañana, la hora del diablo, la hora en que Lucifer deja en paz sus artilugios con los que atrae las almas al inframundo y se pone a hacer el recuento de los que cayeron en sus garras.
Suena a lo lejos el silbido de La Bestia, el tren que lleva sobre su lomo a cientos de migrantes con el miedo y la zozobra arraigados en sus cuerpos, pero con un rayito tenue de esperanza.
Llevan la mirada fija en la imagen de sus familias diciéndoles adiós, con lágrimas en los ojos muchos de ellos no saben que ese adiós será definitivo.
Hombres, mujeres y niños hermanándose en un mismo fin, salir de la pobreza en la que viven.
He visto a esas personas cuando regresamos a casa, en mi mundito color de rosa no sabía que los jóvenes solitarios con un morral lleno de sueños que veo al lado de las vías, son migrantes, muchos de ellos centroamericanos que en mi país vienen a sufrir lo que la mayoría de los mexicanos sufren en Estados Unidos. Algo diferente tenían que me llamaban la atención, quizás su color de piel o su pelo o quizás su soledad. La mayoría que he visto son jóvenes solitarios viendo al infinito. Acercándose a los coches para pedir unas monedas y comprar algo porque en el camino han sido robados, ultrajados, humillados. En México hacemos lo que nos hacen en estados unidos y me llena de vergüenza.
En mi mundito color de rosa, con lágrimas de telenovela no imagino el dolor de las madres al separarse de sus hijos.
Puede ser que me enoje con los míos o que sienta que no me quieren o que están en contra mía por estupideces pero pensar no volver a saber de ellos me enchina la piel y algo se me atora en la garganta. No los imagino solos y su alma en un mundo que no es de ellos.
Pensar que esos muchachos se sientan solos y no tener el seno de una madre para llorar sus miedos, unas manos tiernas que los acaricien y den seguridad, escuchar palabras salidas de la boca amada para acallar los temores. Acariciar la cabeza y enjugar sus lágrimas con cariñitos de ¨No pasa nada, aquí estoy mi niño, no tengas miedo nada pasará¨.
Pero la realidad es otra, esos jóvenes van en el lomo de La Bestia dejando que el paisaje llene sus ojos. Soñando en la mejor vida que tendrán cuando lleguen allá, soñando en lo felices que serán lejos de la miseria que los arroja de su tierra.
Son las cuatro de la mañana y me he enterado apenas que ese tren que todas las mañanas escucho es La Bestia, el tren que en su lomo lleva miles de sueños muchos de los cuales serán solo eso... sueños que no se harán realidad.
Hoy he escuchado el silbido de la bestia y agradezco poder abrazar a mis hijos.
*Imagen tomada de google.





