Supongo que mi padre con el sueldo que ganaba y con mi madre ayudándolo lavando ropa ajena, era muy difícil mantener a tanto chamaco como lo éramos nosotros.
Y es que si bien es cierto que algunos leían, otros jugaban, los más grandes entretenían a los más chicos, pues algunos latosos como yo no tenían forma de quedarse quietos.
Así que mi padre decidió comprar una televisión.
Una televisión que para entonces era un lujo, un lujo que él pago con muchas semanas de arduo trabajo bajo el sol.
Teníamos prohibido encenderla cuando él no estuviera y ¡ ay de áquel que lo hiciera!, porque entonces su furia y sus cinturonazos caían sobre áquel que la encendió y sobre áquel que la haya visto.
Como algunos querían quedar bien con mi padre, entonces ellos eran los encargados de acusarnos.
Yo siempre estaba del lado de los acusados, ni modo mi inquietud me hacia pagar caro.
Había veces en que mamá estaba tan ajetreada que ya no podía con tanto chamaco y tanto ruido, tan solo quería un momento de paz y nos dejaba prender la tele solo si le prometíamos que nadie diría nada y que la apagaríamos con el tiempo suficiente para que se enfriara antes de que llegara mi padre.
Y así lo hacíamos.
Solo que a algunas veces los menores no tenían prudencia o se les escapaba un dato importante de lo que habíamos visto en la televisión y entonces todo nuestro cuidado se iba al demonio.
Había que prepararse, los cinturonazos no tardarían en llegar a nuestra bien formada pompita.
Mi padre empezaba a preguntar, mis hermanos en su inocencia le decían y entonces si...
A ver...¿ dime quién encendió la televisión?
El gemelo mayor.
¿Y quién la estaba viendo?
Todos.
No es cierto yo no la vi, decía mi hermana Adriana que siempre estaba leyendo libros y estudiando.
Bueno, Adriana no, pero todos los demás si.
Y vale, que se formen porque van a empezar los cintarazos y los llantos. Y pobre de áquel que llorara muy fuerte, porque entonces le daban otra ración.
Algunas veces los gemelos prendían la tele cuando mis padres se iban a trabajar, nos quedábamos solos y entonces todos quietecitos y sin hacer ruido, con un hermano en la puerta vigilándo que mis padres no llegaran,
Otras tantas mi padre le decía a mi hermano, al que en ése momento estuviera de chismoso- digo, de su lado- que tocara la tele -la parte de atrás- y le dijera si estaba caliente.
Si había dado tiempo de que se enfriara nos salvábamos y si no... solo teníamos que confiar en que mi hermano dijera que la tele estaba fría.
Solo que eso nos costaría hacer el trabajo que le tocaba a él hacer en la casa o ser su sirviente por un rato hasta que nos cansábamos del chantaje y ya no nos importaba nada.
¡Vaya recuerdos!
Y ahora me admiro de que cada quien pueda gozar de tener una televisión propia... aunque no haga falta.
Últimamente la televisión de mi recámara casi no se enciende, han pasado días en que ni siquiera tomo el control, está abandonada... eso sería bueno si el tiempo que pasaba viéndola, lo ocupara en algo productivo.
No es así, bueno de alguna forma estar en la computadora es algo productivo, pero creo que es mucho ya el tiempo que le estoy dedicando.
Tengo que hacer un alto.
Aunque sea de quince minutos porque la verdad... soy adicta.
No quería decirlo, pero lo reconozco ante todos.
Soy adicta a la computadora, a ésta en especial.
Lo bueno de todo es que ya la voy a dejar.
Porque ahora falta poco para que Barry me compre una para mi solita, la voy a tener en mi recámara, no se la voy a prestar a nadie, y así cuando me canse de estar sentada...
pues me acuesto.