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miércoles, 4 de julio de 2012

Fugitiva de la fé






¿Qué le voy a hacer? Tengo la mala costumbre de renunciar a Dios cuando sus secuaces me maltratan.

Tuve la fortuna el sábado pasado de acudir a una ceremonia religiosa. 
Pocas veces son las que acepto ir porque los sacerdotes me caen en la punta de los huevos y esta vez no fue la excepción.
El padre comenzó la misa regañando a la gente. Que si no se saben los cantos, que si hablen bien porque no se les entiende, que cantaran fuerte, que si patatí patatá.
Para mis pulgas que no aceptan regaños ni maltratos de nadie, opté por no poner atención mirando la cara de los santos resignados a oír siempre lo mismo.

Mala suerte que con pies de yeso no puedan huír.

Después la atención se fijó en los grandes candelabros. Mi mente volátil imagino que si la punta del más grande cayera en la cabeza de alguien, santo madrazo que recibiría. ¡Virgen del Chongo Parado! como decía alguien que ya no está.
El madrazo recibido sería como el codazo de Kiku en mis costillas al ver que no ponía atención y estaba pajareando. Pero es que el pinche padrecito tuvo la culpa, para qué regaña a la gente, ni que fuera su papá o qué chingados.
No aguanto que nadie me regañe y cuando digo Nadie es Nadie.  Mñeh! es un decir porque si me regañan pero eso sí, YO elijo quien dejo que me regañe.

Así pues, la misa transcurría entre regaños, llantos de niños sin control, murmullos de gente chismosa, el barullo de la gente afuera, música y yo que seguía sin poner atención.
Difícil cosa es cuando mi imaginación cobra vida entre tanto santo de yeso y ropajes largos como están vestidos. Santos de caras tristes pareciendo pedir clemencia ante tantas peticiones de gente urgida de milagros.
Si yo fuera santa ya habría renunciado o hecho que me expulsaran de la iglesia acostándome con un santito. Nada hay que duela más a la iglesia que hacer el amor.

Nací en el seno de una familia católica.

Fui educada en la costumbre arcaica de escuchar y obedecer. De amar a un Dios que castigaba. De no decir groserías porque mi castigo era recibir un manazo en la boca para acallar mi inconformidad. Dejándome la boca roja pedía a Dios que no se me olvidará el por qué de semejante castigo.
Quizás por eso ahora soy así. No le echo la culpa a nadie de mi forma de hablar tan bizarra y cada vez más obscena. Suele ser que diciendo majaderías mi alma descansa del lastre de rectitud que debo portar ante la gente que me conoce.
Mis hermanos son muy educados, salvo otro hermano y yo que somos las ovejas negras escapadas del redil de las buenas costumbres.
Ellos incrédulos leen lo que escribo, Sí hermanos míos esta MaLquEridA grosera soy yo pero que ustedes no conocen ni conocerán porque la sombra de la educación paterna no deja que lo hagan.

Si mis padres me oyeran se volverían a morir. 

Terminar de escuchar misa fue un poco-mucho pesado. Yo queriendo que el santo padrecito se callara de una buena vez porque ya tenía hambre pero él empeñado en decirnos el infierno que nos espera por ser renegados de la fe.
¿Y cómo no serlo si se supone que uno se acerca a la iglesia para recibir un bálsamo para aguantar los enconos de la vida diaria?
En vez de eso recibimos regaños pues a chingar a su madre. Tengo bastante con la gente que hay afuera para que todavía los hombrecillos con sotana me nieguen la poca fé que me quedaba en el fondo de mi alma.
Y bueno, soltado el lastre que cargaba desde el sábado pasado creo que por tercera vez vuelvo a renunciar a Dios, o por lo menos al que está en las iglesias, ahí donde las flores adornan rostros dolorosos de santos inconformes por no poder ser felices.
Si algo bueno tiene ser huérfana es que me salvo del jalón de orejas por parte de mis padres al ver que soy una prófuga de sus creencias y que desde hace un tiempo dejaron de ser mías.

Me alejé de Dios con la esperanza de verlo algún día, dije alguna vez cuando la religión mormona me abrió sus brazos y de los cuales escapé porque ví que jugaban con mi buena fé. Terminé siendo incrédula hasta de mí misma.
Soy desconfiada hasta la chingada pero es que el día que me dí cuenta que Dios era un  invento fue cuando perdi algo que no creía recuperar: La fé en mí misma.

Y aquí ando perdida en mis propios laberintos, inventándome un Dios que sea como yo, directo, que no castigue, que no vea a los ojos no por malicia sino porque están llenos de lágrimas, lágrimas que tienden a lavar al alma llena de dudas y desasosiegos.
Un Dios que sea así como yo, poquita cosa pero grande en su propia convicción sin caer en la egolatría, poquito nomás. Lo suficiente para poder aguantar mi propia perversión.
El día que Dios me llame a cuentas, sabré si fue un invento de mis ancestros o de verdad existe, quizás entonces sea hora de empezar a temblar de verdad y ahí si ni el puto Ángel de la Guarda me va a salvar.



















Musa con cuernos

PARA LA MALQUERIDA

La Malque es un corazón de sol escondido y mil silencios largos. Es beso de agua y luz de ciegos en el desierto diario. La leo y me leo. La leo y la siento. La leo y la quiero. Vamos de la mano desconocidos y alejados por los caminos rotos y astillados de la vida cansada y del tiempo huraño. Refunfuñamos por todo y hasta en el infierno tienen miedo de que un día aciago lleguen nuestros pasos. Chocamos con mil horas arañamos las rutinas odiamos la compasión nos dan risa los ángeles y mucha pena los diablos. Nos cansa todo y más que nada el resto de los humanos. A veces herviríamos a los que nos rodean y otras daríamos la vida por hacer reír a un chavo. La Malque es un corazón de sol escondido y mil silencios largos. Toro Salvaje

Los inmortales