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viernes, 7 de septiembre de 2012

Los habitantes



Catalina es uno de esos fantasmas que no hacen daño a nadie. Antes al contrario, en el mundo silencioso que habita, quisiera escuchar las voces de sus hijos los que hace mucho tiempo se fueron del nido para  perderse en  un mundo de dolores nuevos.
Catalina no anda sola en ese universo de sombras. Ella lleva cargando en sus delgados brazos a Néstor -primogénito de Emilia- a la que se ha acercado en sus sueños para decirle que arregle algunas cosas que en su mundo paralelo no puede.
Catalina está cansada, tiene el espíritu adolorido y las ansias inequívocas de terminar por fin la deuda que no le corresponde, pero que debe saldar.

Héte aquí que cada noche que pasa, Catalina carga amorosamente a Néstor -fallecido en la mala hora- y con él en brazos recorre la casa donde vivió toda su vida de casada.
Muestra al niño la sala, las recámaras, el patio en el que en las mañanas trenzaba los largos cabellos de las dos Marías -sus hijas mayores- a las que amó como ellas no se imaginan.
Le dice de la barda hecha de piedras desde donde se podía ver a la gente pasar y en la que en las tardes se sentaba con sus hijos a buscar nubes de formas volubles. Le platica del trabajo que a su abuelo le costó construir esa casa a la que hoy en día pocos quieren regresar. No los juzga. hay hechos que ni las mejores acciones pueden borrar,

Y así van en el transcurso de la noche recorriendo una vida que ya no está.
Catalina no sonríe, nadie le enseñó cómo dejar volar las sensaciones de entre los dedos y los labios rositas.

Hay un momento que es el que más ama Catalina -o lo que queda de ella- y es cuando llegan a la cocina, entonces sus ojos vacíos se pierden entre recuerdos y mares de lágrimas las que mojan -sin querer- la carita del niño.

Las escenas llegan a su mente sin darle tregua en tanto Néstor la mira sin lograr entender el por qué a su abuela le pone triste la cocina.
Catalina le dice con palabras queditas -para no despertar a los que duermen en la casa- que la mayor parte de su vida la pasó en ese lugar preparando cada día sin descanso la comida que daría al tropel de hijos que como pájaros en desbandada corrían a sentarse cuando ella  los llamaba a comer.
Cada uno tenía un lugar el que nadie más podría ocupar a riesgo de iniciar una batalla campal la que era terminada con un grito o con la amenaza de ser aquietados con una cuchara de madera que ella blandía sin misericordia.
Si el padre estaba presente nadie tenía permitido hablar a menos que él lo ordenara. Incluso Catalina estaba regida bajo ese régimen que nadie aprobaba pero al que todos se sometían. La mano dura y encallecida del padre era la mejor manera de hacerse obedecer.

La mesa blanca de lámina soportaba el golpeteo de las cucharas y el peso de las risas de los niños que nunca callaban cuando el padre no estaba.

Catalina recuerda con esa mirada lánguida que la caracterizó en vida, los momentos felices que pasó con sus hijos entre aromas de café y dulce de pera. El canto de Claudio -el gallo blanco- o los ladridos de El Dandy, el perro mascota de la familia que vivió toda su vida atado a una cadena sin poder nunca -ni querer- escapar.
El fantasma de Catalina cierra los ojos vacíos y comienza a hablar. Ve a través del tiempo a la hija a la que no le gustaba la sopa y siempre era la última en terminar de comer. Aunque le dijera que la castigaría, el plato intacto quedaba a la espera de otro que quisiera seguir comiendo, que en eso de tener hambre, siempre había alguien.

Amó al hijo callado que aprendió a hablar ya muy grande. Nunca nadie entendió que no hablaba porque no tenía nada que decir. Cuando algo quería se limitaba a señalar con su dedo locuaz el objeto de su deseo.
Con el tiempo ese silencio se convirtió en el sello personal. Se volvió un ermitaño encerrado en el necio silencio del que nada le parece.
Catalina cuenta de los gemelos a los que la vida separó en el mismo momento de nacer por el fallo de un corazón inhóspito.
Habla de la hija mayor, callada y hacendosa que se convirtió en la segunda madre de los hermanos menores. 
Recuerda a la hija -la de pelo claro y huesos endebles- encerrada en su mutismo devorando libros en lo alto de las escaleras. 

Todos mudos.

Todos callados.

Todos sumergidos en un silencio grande como el vacío del mar sin agua.

Las horas nocturnas se van sucediendo en hechos caprichosos del tiempo ido haciendo que Catalina pierda la noción de lo que ocurre a su alrededor, mientras Néstor sumido en un silencio hereditario, va quedando dormido ante el largo recorrido de la abuela por sus memorias.

Sin darse cuenta, la noche va llegando a su fin. Los fantasmas  deben regresar al mundo inexistente en el que habitan. 
Cansada de recordar, Catalina echa un último vistazo a la cocina. Aprieta contra su pecho a Néstor y se sienta a esperar el día, junto a la estufa que le calienta los huesos cansados de cargar tanta desazón.

Conoce -como toda madre- lo que sus hijos sufren no en vano les heredó el silencio necio de los que nada necesitan ni siquiera un abrazo.
Dando un beso salado al niño comienza la partida al mundo donde nada existe. Ni siquiera ellos que son sólo el recuerdo de las culpas de otros que no terminan de pagar lo que no hicieron.

Son los últimos recorridos que hará a la que fue su casa. El permiso concedido para volver a arreglar lo que no la deja descansar se está acabando. 
Pronto debe regresar a las sombras pero su retorno al valle de los inexistentes no será el mismo porque le ha dicho en sueños a Emilia lo que debe hacer para que al fin pueda descansar y sin miedo sonreír como en su vida nunca lo hizo.

Tantas cosas que decir perdidas en la garganta de los habitantes de la casa paterna. Miles de risas escondidas entre esas paredes que guardan secretos que jamás serán develados para no hacer daño a los que vienen atrás y que en una ironía de la vida podrían quedar mudos.

Descansa Catalina, esta hija que no te supo amar paga sus desatinos con la seguridad de que se paga lo que se debe y por la que tu no debes llorar más.

Te amo madre, pronto dejarás de sufrir y no habrá nadie más nunca que te haga llorar ni siquiera esos hijos mudos e ingratos que se debaten entre sus propios demonios en el mundo que ellos escogieron vivir.
Muy pronto descansarás al lado de Néstor mientras llega la hora de reunirte con quien has escogido para acompañarte en el descanso eterno.

Chao mamá.









18 comentarios:

  1. Hermoso y profundo desde la primera palabra Malque. Catalina de seguro sabe todo lo lindo que le dices, ella descansará en paz con Nestor sin dudarlo.

    Un beso grande.

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  2. Guaw muy hermoso, tu historia me hizo recordar a mis 2 abuelas, una de ellas precisamente se llamaba Catalina, pero en tu historia el carácter muy similar al de mi otra abuela, Luz.

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  3. Desde allá donde esté Catalina, tiene que estar conmovida por unos sentimientos tan hondos y orgullosa por tu bella forma de manifestarlos.
    Besos.

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  4. Malque ahora sí te la volaste!! Sencillamente me
    ENCANTÓ...
    Abrazo.

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  5. Que bello Malque!!! Ella descansará con el,seguro que será así!!! Me encanto la parte: Conoce -como toda madre- lo que sus hijos sufren // Beso enorme!!! <3

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  6. El poder de los recuerdos...
    Es increible la oleada de sentimientos que pueden despertar los recuerdos...
    Espero, y estoy seguro, de que tu estarás gozando de mucha paz en vida, porque yo te lo deseo...
    Besos y salud

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  7. Estupenda historia, cálida,sensible atrapante y humana. Me ha encantado. ¡Felicitaciones! Un abrazo.

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  8. Sin palabras, Reina...

    Que tengas un buen fin de semana.


    Saludos

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  9. en este caso, el "descanso eterno", se convirtió en la "preocupación eterna". al menos los vivos deberían hacer caso a sus propios sueños (nocturnos).
    un beso.

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  10. Estupendo relato, Catalina descansara en paz con su nieto en los brazos
    Felicitaciones

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  11. Con qué naturalidad cuentas estos relatos de fantasmas, almas en pena, que tienen que ser redimidas, para que dejen de sufrir, y en ese limbo del no descanso. Me hizo recordar a Rulfo y esos fantasmas de Comala, los Preciado, y la descedencia de Pedro Páramo,entre tumbas nostalgiada. Un abrazo. carlos

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  12. Profundo y mágico, como una emoción a flor de piel.

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  13. Que belleza de escrito... esta vez si que me supiste tocar la fibra.
    Un abrazo.

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  14. Llevo una temporada que no consigo sacar ni un segundo para pasar por los blogs amigos. En todo caso, por aquí ando. Pronto me pondré al día. Estupendas las palabras que nos has dejado.

    Saludos y buena tarde.

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  15. No sé por qué este título me recordó a Bunbury. Y suspiré y me volví a enamorar de tus letras y de la música del cantante. No sé, no se por qué; pero como muchas cosas que no sé, esta tampoco.

    Abrazos!

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  16. Qué ternura es recordar así y que bonito te quedo el blog !
    un beso Malque :)

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Usté habrá de disculpar la falta de respuestas a este soliloquio intrínseco en el que me hallo.
Visitaré su blog agradeciendo la visita tan pronto el tiempo y la memoria me lo permitan.

Suya pero no de usted

la MaLquEridA

Musa con cuernos

PARA LA MALQUERIDA

La Malque es un corazón de sol escondido y mil silencios largos. Es beso de agua y luz de ciegos en el desierto diario. La leo y me leo. La leo y la siento. La leo y la quiero. Vamos de la mano desconocidos y alejados por los caminos rotos y astillados de la vida cansada y del tiempo huraño. Refunfuñamos por todo y hasta en el infierno tienen miedo de que un día aciago lleguen nuestros pasos. Chocamos con mil horas arañamos las rutinas odiamos la compasión nos dan risa los ángeles y mucha pena los diablos. Nos cansa todo y más que nada el resto de los humanos. A veces herviríamos a los que nos rodean y otras daríamos la vida por hacer reír a un chavo. La Malque es un corazón de sol escondido y mil silencios largos. Toro Salvaje